Versión en español del informe introductorio presentado por Vincent Presumey durante la videoconferencia del 7 de abril de 2026.
Después de nuestra reunión abierta del 7 de abril de 2026 sobre las «cuestiones militares».
Tuvimos este 7 de abril una charla muy intensa [*] entre una treintena de participantes, ubicados no sólo en Francia sino también en Bélgica, Estados Unidos y Ucrania, e incluyendo compañeros de diversas tendencias, entre militantes responsables o representantes de la IV Internacional (SU), de la Red Europea de Solidaridad con Ucrania (ENSU), sindicalistas anarquistas, y exiliados de Rusia ([*] la grabación lamentablemente no podrá compartirse debido a un fallo técnico de la videoconferencia).
Al concluir el debate, propusimos convocar otro encuentro virtual para el 1° de mayo -avisaremos pronto de ello-, con vistas a la organización conjunta de un «Foro» unitario sobre este tema dentro de los próximos meses.
Dicho esto, la reunión del 7 de abril, aunque de gran interés, motivó más que todo a compañeros ya formados e informados sobre estas cuestiones, ya que varios de nuestros contactos locales, sindicales en particular, parecen todavía dudar en comprometerse en esas discusiones, debido a cierta presión ejercida en su ámbito militante y a viejas costumbres que, sencillamente, silencian cualquier expresión sobre este tema, aún cuando resulta tan central como urgente.
Para Aplutsoc (esencialmente basado en Francia) el tema militar, aunque requiere un análisis específico, no puede separarse de los retos políticos de la lucha de clases: se plantea en relación con la lucha contra la extrema derecha y la unión de las derechas en Europa, que son una expresión directa del eje Trump/Putin, y por lo tanto en relación con la cuestión del poder y la unidad para ganar en Francia.
Así que continuaremos esforzándonos a orientar la discusión en este sentido. Para empezar, publicamos a continuación las notas que sirvieron de base para el informe introductorio presentado el 7 de abril.
Para introducir las «cuestiones militares» desde un punto de vista revolucionario en la situación actual.
1°) Ubicar el momento presente.
La guerra de Trump y Netanyahu en Irán:
a) no es una mera réplica de las antiguas guerras del Golfo de 1991 y 2003,
b) no está dirigida contra el régimen de los mulás, sino que se inscribe en la prolongación de la represión de enero contra las protestas en Irán, una represión terrible cuyo alcance es comparable al de la Comuna de París,
c) y se inscribe en el marco de la multipolaridad imperialista, combinando coexistencia y rivalidad, con Estados Unidos tendiendo la mano a Rusia, la cual, junto con China, respalda al mismo tiempo a Irán.
Sin embargo, esta guerra de Trump y Netanyahu está fracasando. Estas notas se escribieron el día en que Trump amenazó con «destruir una civilización entera», y por lo tanto, en vísperas de su retroceso, con el que concedió de hecho el control del estrecho de Ormuz a Irán.
Esta guerra está fracasando en todos sus frentes, no en el sentido de que el régimen iraní o el dizque «eje de la resistencia» esté ganando militarmente, sino que, concebida como epicentro de la huida hacia adelante interna/externa de Trump (ICE, Groenlandia, etc.), está llevando al límite la crisis del poder presidencial estadounidense, el cual se enfrenta de inmediato al dilema del colapso rápido o del golpe de Estado autoritario (con J.D. Vance como sustituto provisional de Trump).
En los últimos días, hemos visto las intervenciones delirantes de Trump, la nueva serie de filtraciones a la prensa, la destitución de Pam Bondy y Chris Patel, la purga en el ejército (¡que afecta al jefe del Estado Mayor del Ejército de Tierra, al responsable de formación y desarrollo tecnológico|, y al capellán jefe!), etc.
Este fiasco también podría desembocar en una huida hacia adelante que ya bautizó «fuego del infierno» —¿un ataque nuclear?— para volver a provocar el estupor. Sería entonces una reedición, mucho peor, del «goal» inicial (la muerte de Jamenei), es decir, lo que los historiadores de la guerra llaman un «éxito catastrófico» tipo Pearl Harbor para Japón, pero la catástrofe para Japón llegó cuatro años después, mientras esta vez sería cuestión de días, o incluso de horas, por no decir de minutos… Nota: desde el 8 de abril, esta posibilidad parece descartada temporalmente.
Para muestra de lo que impide la comprensión concreta del momento actual, hay que detenerse en la declaración de la conferencia de Porto Alegre: generalidades que mezclan imperialismo, capitalismo, fascismo y neoliberalismo, en una visión del mundo idéntica a la de la unipolaridad imperialista temporal de la primera Guerra del Golfo (1991), ciñéndose al fetiche de un imperialismo estadounidense casi único y eterno, sin siquiera captar la especificidad del momento Trump, y tendiendo a amalgamar implícitamente democracia y capitalismo y, por lo tanto, fascismo.
¡Semejante desarme teórico, moral e intelectual conduce directamente, en el mejor de los casos, a la derrota y, en el peor, a un acercamiento a ciertas formas contemporáneas de fascismo!
2°) ¿Fascismo?
Por lo general, hemos rechazado los discursos sociológicos sobre el «fascismo ambiental» o rampante, o la «fascistización de la sociedad». La cuestión del fascismo no se debería plantear en términos generales y respecto a toda la sociedad, sino en el contexto de la situación política mundial y del momento actual.
En este momento conviene caracterizar como «fascismo» la orientación del capital imperialista/oligárquico, que, por cierto, se refiere abiertamente al fascismo y al nazismo históricos: véanse los saludos nazis de Musk, Bannon…, pero que no es una mera repetición de éstos: esos saludos significan: « ¡asumimos este legado, pero lo haremos más grande, más rápido, más fuerte! ».
La mayor dificultad para el fascismo 2.0 contemporáneo es lograr la movilización de amplias masas: es, ante todo, oligárquico -¡Silicon Valley!- y estatal -en este sentido, el modelo es Putin.
Ciertas bases de masas religiosas (el evangelismo y el islamismo, entre otras…) le proporcionan sus mayores reservas populares, y tanto el trumpismo como el bolsonarismo entrañan este peligro, pero las mayores movilizaciones de masas en Estados Unidos son -de lejos- las de No Kings, de carácter nacional-democrático, y ese hecho constituye un factor central en las relaciones de poder mundiales entre las clases.
ICE ha reclutado al equivalente de milicias fascistas, pero la crisis del movimiento MAGA, que repercute y amplifica la crisis de la institución presidencial estadounidense, está propiciando la emergencia de un ala MAGA en ruptura con Trump, antisemita, pacifista en el exterior (aislacionista) y cada vez menos bajo control del ejecutivo.
Si nos enfrentamos al fascismo del siglo XXI con sus diversos rostros, principalmente los de Trump y Putin, pero también de Netanyahu, Jamenei y sus herederos, Milei, y en cierta medida Xi y Modi —¡eso es mucha gente, entre otra!—, entonces eso significa que habrá que luchar, en el sentido militar del término.
¡No solamente «la izquierda» no se da cuenta de esto, sino que tampoco se da cuenta de que esta lucha se está dando a gran escala en Ucrania desde 2022 (y emergió en ese país en 2014)!
La cuestión de la guerra popular antifascista es una cada vez más inmediata e imprescendible.
En Ucrania la guerra nacional-democrática popular también choca con la política patronal de su gobierno; la contradicción radica en que la misma persona, Zelensky, es a la v
ez el líder nacional y el jefe de un gobierno que sabotea la guerra popular, y esta contradicción se concentra en el ejército nacional.
Esta cuestión se perfila en Siria, pero la monopolización por parte del HTS del impulso que derrocó a Bashar ha desarrollado desde entonces sus brutales efectos contrarrevolucionarios.
Se plantea sin duda en Myanmar, lo que requeriría un análisis, así como en Sudán, donde las dos facciones militares han expropiado de su lucha a las masas desarmadas.
La tragedia de los Palestinos, que allanó el camino hacia su destrucción genocida, es que la guerra popular nacional-democrática debería y podría ser la suya, pero les ha sido arrebatada por Hamás y el dizque «eje de la resistencia», a lo que se suman la corrupción y la parálisis de Fatah, garantizadas además por el lento asesinato en prisión de Marwan Barghouti. Hamas y el mal llamado «eje de la resistencia» no son los representantes de la autodefensa popular, sino quienes la impiden. Esto con la ayuda política de facto del «movimiento pro-palestino y antisionista» de tendencia campista en el mundo; movimiento que, por lo tanto, ha contribuido de hecho a las derrotas mortíferas del pueblo palestino. Tenemos aquí —por desgracia— el antimodelo de una verdadera guerra popular, esa misma de la que el pueblo ucraniano ha comenzado a esbozar un modelo.
3°) Influida por el fascismo 2.0, la lucha de clases mundial convierte a Europa en un escenario central.
El continente europeo, con Ucrania y Palestina como sus puertas de entrada, es el blanco principal de Trump y Putin, por dos motivos:
a) el capitalismo en crisis debe destruir los logros democráticos y sociales de los que este continente es históricamente el centro neurálgico (dado que fue el cuna del capitalismo),
b) los imperialismos europeos (junto con Canadá, Japón y Australia) deben ser sometidos.
Estos dos objetivos son distintos y, en nuestra opinión, deben diferenciarse claramente: no defendemos ni los «territorios de ultramar» franceses ni las instituciones de la Unión Europea y la Eurozona en su conjunto, pero sí defendemos a los pueblos de Europa y sus derechos democráticos y sociales.
Para Trump y Putin, la cuestión europea resulta central, y esto tiene sus repercusiones en los discursos «antieuropeos» de muchas corrientes de izquierdas, en particular con la teoría de que el principal factor de guerra sería el militarismo europeo, lo cual es falso.
Esto no significa que no exista militarismo, aunque se trata más bien del de algunas potencias nacionales europeas (Francia, Reino Unido, Alemania, entre otras) que de un militarismo orgánicamente «europeo»; sino que la principal amenaza de guerra, combinada con la amenaza de la extrema derecha y de la unión de las derechas, se ejerce contra Europa y en su seno, por parte de los imperialismos estadounidense y ruso.
Por lo tanto, al analizar la cuestión de «la guerra» en el mundo actual, debemos entender que no existe tal cosa como la amenaza de «la guerra», como un fetiche abstracto y maléfico, tal como suelen describirla los pacifistas, sino más bien una pluralidad de guerras concretas, y que cada una requiere un análisis concreto y posiciones precisas -pero tampoco sirve una enumeración incoherente de guerras dispersas: en este momento, las guerras se organizan en torno a un eje en el que el imperialismo estadounidense y el ruso, respaldados por la extrema derecha, amenazan a los pueblos de Europa, tanto política como económica, cultural y militarmente.
Para los movimientos sociales en Europa y las Américas, esta cuestión es, por lo tanto, central. Además, si el eje Trump/Putin, cuyas orientaciones se expresan mejor en los discursos de J.D. Vance, lograse aplastar a Europa, entonces el riesgo de una guerra mundial, sin duda entre Estados Unidos y China, pasaría a primer plano: una guerra interimperialista global, con un potencial de destrucción atroz, requiere ciertas condiciones, que consisten esencialmente en derrotas proletarias y democráticas. Y esto nos lleva de nuevo a Europa, no por eurocentrismo, sino por la comprensión de las dinámicas mundiales reales. Y estas se han ido precisando rápidamente desde principios de 2026.
En primer lugar, la fractura entorno a Groenlandia ha puesto en el horizonte la perspectiva de una guerra entre los imperialismos europeos y Estados Unidos, mientras que el imperialismo ruso continúa su guerra contra Ucrania, su guerra «híbrida» contra el continente y sus amenazas sobre los países bálticos y sus entornos, sumadas a las de Trump (¡Dinamarca, en medio de todo esto!).
En segundo lugar, la guerra contra Irán no reduce esta fractura entre Estados Unidos y Europa, sino que la amplía: el gobierno francés, tras el español, no deja de afirmar que esta guerra no es la suya.
Los gobiernos capitalistas/imperialistas europeos están desorientados y no afrontan con determinación esta situación, a pesar de verse empujados a hacerlo.
Por lo tanto, prácticamente ya no existe la OTAN como alianza dirigida por Estados Unidos: Macron, Starmer y Merz lo saben, pero no quieren reconocerlo. Afrontar de frente la cuestión de la OTAN significaría para ellos plantearse la expulsión de Estados Unidos (y la integración de Ucrania), es decir, convertirla en algo completamente diferente. Son incapaces de hacerlo y no lo quieren, pero cabe señalar que se ven favorecidos en ello por la repetición del viejo eslogan de la izquierda que denuncia su «atlantismo» y exige únicamente la «salida de la OTAN», negándose a posicionarse en función de estas contradicciones reales del momento actual.
Un punto valioso del artículo de LM «Por una política militar obrera» es destacar que, contrariamente a lo que Macron y la «izquierda pacifista» quieren hacer creer, en Francia no existe una economía de guerra ni un presupuesto de guerra.
Existe, en cambio, una economía y un presupuesto capitalistas para satisfacer a los consorcios industriales y financieros del armamento y sus proyectos de exportación, históricamente simbolizados por el avión Rafale: no es lo mismo. La política militar obrera que defendemos se opone a ese militarismo.
En Europa los gastos actuales en esa materia no se orientan hacia la autodefensa popular y sus medios, incluidos los ofensivos —todos hablan de los drones, pero solo los Ucranianos, el pueblo ucraniano, los fabrican en masa!—, sino hacia lo nuclear, que no es un arma, sino una pura fuerza de destrucción global.
La lucha contra Macron, Merz, Starmer, así como contra Meloni, y la crítica a Sánchez, no puede consistir, por lo tanto, en acusarlos de ser « belicistas atlantistas europeos » que empujan hacia una guerra mundial. Este discurso, difundido en el movimiento obrero por el estalinismo y sus agencias supuestamente «trotskistas» (como el POI en Francia, Potere al Popolo en Italia, entre muchas otras), y que se alimenta de los sentimientos pacifistas de las masas, es el de la unión sagrada orientada hacia Putin y Trump.
Por el contrario, la subyugación de Europa significa tener a la extrema derecha o a la unión de las derechas en el poder, con Francia y la híper-presidencialista V República francesa [*] como país clave ([*] fundada en 1958, en plena guerra independentista argelina, entorno a Charles de Gaulle, ex-jefe de la resistencia francesa antinazi en el exilio, como salida al golpe propiciado en Argel contra la parlamentaria IV Republica por los sectores colonialistas más extremos, incluyendo los ancestros del RN que habían colaborado con los nazis durante la segunda guerra mundial).
Cerrar el paso al Rassemblement national (el RN de Marine Le Pen y Jordan Bardella) y a la unión de las derechas en Francia (donde hay elecciones presidenciales en 2027) es una condición para la defensa popular europea contra Trump y Putin. Y viceversa: el discurso pacifista y antieuropeo es un obstáculo directo, en el ámbito nacional, para la unidad necesaria para vencer al RN y a la unión de las derechas, y contra Macron y la Quinta República.
Además, la línea de sometimiento de Europa, compartida por Trump y Putin, permite a Trump y a Estados Unidos desarrollar su estrategia de sometimiento total de las dos Américas, lo que implica poner en vereda a los Estados de Brasil, México y Canadá (este último siendo directamente amenazado por la secesión de Alberta y el cerco militar de Groenlandia).
Por lo tanto, la orientación de la conferencia « antifascista » de Porto Alegre, que no aborda en absoluto la cuestión de Europa —la cual, a ojos de los campistas, no puede existir sino como apéndice eterno de Washington—, resulta directamente contraproducente desde el propio punto de vista latinoamericano, ya que esta situación genera inevitablemente contradicciones, especialmente en Brasil, en el gobierno y en el PT: orientado en un primer momento hacia Putin y la temática de los «BRICS», Lula se ve impulsado por la violenta presión de Trump, sobre todo desde la operación de éste en Venezuela, a orientar la «multipolaridad» también, o incluso en primer lugar, hacia Europa (por cierto, sitúa los acuerdos comerciales Mercosur/UE en esta perspectiva).
Para concluir este punto: la defensa de Europa, no de sus gobiernos ni de las instituciones de la UE, sino de los pueblos europeos y de los logros sociales, democráticos y culturales del continente, debería estar en el centro de toda línea revolucionaria internacionalista seria.
Esto lleva a un debate a gran escala sobre los medios de su defensa militar, junto con la imposición de la unidad para ganar, para expulsar ya mismo a Meloni y Orbán y obligar en Francia a las direcciones políticas a la unidad para impedir la llegada del RN y de la unión de la derecha al poder y, de ese modo, iniciar la liquidación democrática de la V República.
Esos dos aspectos —la preparación militar y la unidad para ganar— están vinculados, y es por esa senda que es posible popularizar la cuestión militar, ya que, al estar ligada a la lucha por la unidad, responde a las necesidades de las masas.
4°) En cuanto a los aspectos propiamente militares.
- En materia de armamento, hay que superar la dualidad entre pacifismo y «defensa del empleo y del sector público» típica de la Confederación General del Trabajo en Francia (CGT, principal sindicato de izquierdas), y exigir la expropiación bajo control social de los consorcios armamentísticos para reorientar su producción de manera masiva hacia los drones anti-drones y los inhibidores portátiles anti-drones, las ametralladoras y las plataformas móviles de fuego anti-drones, el armamento individual ligero y las protecciones antibalas, las máscaras y los trajes de protección nuclear-biológica-química (NBQ), los vehículos de transporte ligeros y los vehículos blindados de combate de infantería (VBCI) …
- En lo que respecta a la movilización, no hay que apoyar ni el pseudo-servicio militar voluntario anunciado por Macron (destinado más que todo a regimentar jóvenes proletarios desescolarizados), ni su actual « Servicio nacional universal » (SNU, una breve « pasantía » de adiestramiento de jóvenes « voluntarios » con fines propagandísticas): hay que avanzar hacia una participación masiva de la población, en formas democráticas y sindicales, en un ejército que se fusione con el cuerpo social. En la educación pública, esto implica, por un lado, rechazar todas las viejas formas de regimentación y militarismo, pero también, por el otro, organizar al final de la secundaria, bajo formas pluralistas, democráticas y humanistas, una formación militar abierta y mixta, que integre la enseñanza y el debate de la historia militar y las ciencias humanas y sociales. Lo que hay que definir, por lo tanto, no es ni un ejército de carrera aislado, ni un nuevo servicio militar universal al viejo estilo, sino un ejército nuevo, como decía Jean Jaurès, democráticamente asociado a todo el cuerpo social.
- La «disuasión» nuclear no forma parte de la política militar democrática y obrera. Su uso sería contraproducente y peligroso para el Estado que recurriera a ella. Su costo es enorme y ocupa un lugar central en la economía imperialista financiera. Esos fondos deben destinarse a la verdadera autodefensa social y popular. La existencia de arsenales nucleares, que —al igual que las centrales nucleares— no pueden liquidarse de forma instantánea, no es ni una ayuda para los pueblos amenazados directamente por Trump y Putin, ni un medio eficaz de defensa y contraataque; a lo sumo, la cuestión de las armas nucleares «tácticas» (comillas necesarias) es discutible frente a bases nucleares y misiles identificados como tales. Por lo tanto, conviene detener el aumento del gasto nuclear y someter a debate democrático la gestión del arsenal existente.
Nota bene: los tres puntos anteriores no constituyen un «programa» que se pueda aceptar o rechazar tal cual, sino que abren vías de debate. Este debate en sí mismo, y su difusión, son una forma de avanzar.
5°) A modo de conclusión.
Mantengamos un optimismo razonado. Las grandes masas, como se ve en Estados Unidos con No Kings y con las movilizaciones de la «Generación Z» en todo el mundo, captan de manera empírica e intuitiva los temas tratados aquí mucho mejor que los sectores militantes sometidos a un adoctrinamiento ideológico donde el muerto se apodera del vivo. Son pacíficas en el sentido de que prefieren la paz, y tienen toda la razón, pero por eso mismo detestan a los vencedores opresores y a los bufones dictatoriales mundiales. La foto que ilustra este artículo muestra la pancarta más popular recientemente en Estados Unidos: «No Kings, No ICE, No War». No hay contradicción aquí: la lucha contra la oligarquía, la dictadura, el ICE y las guerras de Trump es la base de toda preparación real para las guerras sociales y civiles que se avecinan y surgirán en, a través de, a partir de y en contra de las guerras actuales.
La verdadera tradición del socialismo revolucionario en materia de guerra y ejército no es pacifista, sino totalmente pragmática: la transformación de la guerra imperialista en guerra civil es la fórmula por excelencia de ese pragmatismo. Según el tipo de guerra, conviene ser belicista, defensista, pacifista o derrotista, pero con un hilo conductor común: ¡queremos el poder, por lo tanto queremos las armas!
El militante que se hace el «luchador de clase a fondo» mientras se prohíbe a sí mismo la guerra y, por lo tanto, las armas, es por excelencia un revolucionario sin revolución.
Existe una unidad mundial de la lucha de clases y de la guerra que se avecina, sin fronteras precisas. En Francia la preparación para la guerra comienza con la unidad para cerrarle el paso al RN, aunque muchos militantes no entienden nada de esto. Apresuremonos detenidamente para promover una mejor comprensión del asunto.